Biografía
Juan Carlos Mazuera, nombre con el que publica Juan Carlos Lasso Mazuera, nació en Cali, Colombia. Su historia personal está profundamente unida a los paisajes, las calles y las experiencias de Cali y Piendamó.
Raíces, formación y camino
Juan Carlos Mazuera nació el 28 de enero de 1963 en Cali, Colombia, en el Hospital Departamental de la ciudad. Cursó los dos primeros años de primaria en la Escuela Camilo Torres. Más tarde, su familia se trasladó a Piendamó, Cauca, donde completó de tercero a quinto grado. Parte de aquella infancia, marcada por los cambios de escenario, la estrechez económica, el asombro y la imaginación, constituye el corazón de su primera novela.
En 1977 regresó con su familia a Cali. Continuó sus estudios secundarios en el Colegio José Celestino Mutis y posteriormente en el Instituto Alférez Real, donde concluyó el bachillerato. También realizó cursos de contabilidad en la academia del profesor Rafael Saladen y estudios independientes de mecanografía y taquigrafía.
Entre 1987 y 1990 ingresó al Seminario Mayor San Pedro Apóstol de Cali, donde culminó sus estudios de filosofía. En 1991 llegó a los Estados Unidos. Durante el verano estudió inglés en la American Language Academy, ubicada entonces en la University of Tampa, Florida. Más adelante ingresó a St. Vincent de Paul Regional Seminary, en Boynton Beach, como seminarista de la Diócesis de Orlando.
Finalizó su formación teológica en Christ the King Seminary, en East Aurora, Nueva York, donde
obtuvo el título de Master of Divinity en 1999.
Servicio, comunidades y vocación
Antes de establecerse en Florida, trabajó en distintas áreas en Nueva York, entre ellas restaurantes, oficinas de envíos de dinero y servicios de telefonía. En el año 2000 se trasladó a Raleigh, Carolina del Norte. En 2001 comenzó a servir en la Iglesia de la Santa Cruz, en el pueblo de Indiantown, Florida. En 2026 cumplirá veinticinco años de servicio como manager, una trayectoria dedicada especialmente a las comunidades guatemalteca, mexicana y estadounidense.
Ese contacto diario con personas de distintos países, lenguas e historias ha convertido su vida en un crisol de espiritualidad, servicio y memoria. La fe que ha cultivado durante décadas no aparece en su escritura como un adorno, sino como una fuerza íntima: el hilo que enlaza el dolor con la esperanza, la adversidad con la dignidad y la experiencia humana con la presencia de Dios.
La adversidad se volvió impulso, fuego y leña con los cuales pulir cada palabra.
El nacimiento de un escritor
Su acercamiento a la literatura comenzó desde muy joven. Participó en teatro infantil en la Escuela San Roque, interpretando relatos de Rafael Pombo como Rin Rin Renacuajo, y se interesó por los cómics, los periódicos, las revistas de personalidades y los noticieros. Así fue cultivando una curiosidad constante por las artes y las letras.
Hacia 1978, cuando vivía en el barrio Libertadores junto a su inolvidable mascota Saturnino, un vendedor de sueños y de libros llegó a su puerta y puso en sus manos Cien años de soledad con una orden sencilla y decisiva: «Tiene que leerlo». La figura de Úrsula, la gran madre de aquella obra, encontró un eco inmediato en doña Stella. Poco después se inscribió en el Círculo de Lectores, y desde entonces la lectura no se ha detenido.
Durante sus años de formación en el Seminario Mayor San Pedro Apóstol comenzó a escribir episodios de su vida, poemas y cuentos. Su poemario, prácticamente terminado, será su segundo libro, y una futura colección reunirá los relatos que ha guardado a lo largo de los años.
Una literatura nacida de la adversidad
Cada barrio, cada mudanza, cada experiencia y cada cambio de escenario han sido alimento primordial para cocinar su primera novela: una obra autobiográfica e histórica, bañada de realismo mágico, hipérbole y un humor capaz de darle la vuelta a las circunstancias adversas. Lo que para otros habría sido únicamente herida, en su vida se convirtió en combustible para la escritura. La adversidad se volvió impulso, fuego y leña con los cuales pulir cada palabra y transformar cada recuerdo en una
delicadeza para el lector.
Su formación filosófica le permite entrar en la profundidad del ser humano; su experiencia espiritual le enseña a acompañarlo; y su imaginación lo ayuda a engrandecerlo sin borrar su verdad. De esa mezcla nacen personajes destinados a permanecer en la memoria: doña Stella; Mercedes Valderrama, la abuela; Saturnino; y los barrios que funcionan como escuela, escenario y testigo de una vida narrada en primera persona.
Mazuera define su obra como una biografía real, histórica e hiperbólica. Exagera con intención artística para que el lector ría, llore y viaje por los caminos que la vida le permitió recorrer. En esas páginas también aparece el Dios que ha logrado comprender y abrazar, y por quien él mismo se ha sentido aceptado. Ese Dios ha forjado al hijo, al amigo, al compañero y al escritor.
Ese es Juan Carlos Mazuera: un hombre acrisolado por la memoria, la fe, el servicio, el humor y la palabra. El lector lo encontrará en cada página, en cada frase y en cada personaje. De aquí en adelante, será el público quien juzgue su obra; él solo espera que, al entrar en ella, nadie permanezca indiferente.