Piendamó: Geografía de una infancia

Reseña histórico-Literaria Piendamó, Cauca. Años setenta. Antes de convertirse en recuerdo, Piendamó fue escenario. Sus calles, sus casas, la iglesia, la escuela, el matadero, la estación de los buses, el río Tunía y sus…

Reseña histórico-Literaria

Piendamó, Cauca. Años setenta. Antes de convertirse en recuerdo, Piendamó fue escenario. Sus calles, sus casas, la iglesia, la escuela, el matadero, la estación de los buses, el río Tunía y sus pequeños negocios fueron testigos silenciosos de una familia que aprendió a sobrevivir con muy poco y de unos niños que convirtieron la necesidad en oficio, el miedo en resistencia y la pobreza en una escuela involuntaria de vida.
Este no es el Piendamó de una postal perfecta. Es el Piendamó que permanece en mi memoria: el de las empanadas vendidas para ayudar en casa; el del pan de queso; el de los periódicos; el de las carreras detrás de los buses; el de los juegos inventados con casi nada; el de las caminatas interminables; el del miedo, las carcajadas y Doña Stella luchando por sostener a sus hijos cuando la
vida parecía exigirle más de lo humanamente posible.

Muchos años después regresé a estos lugares. Algunos habían cambiado. Otros parecían esperarme. Y comprendí que una fotografía puede mostrar una calle, una fachada o un puente, pero detrás de cada imagen permanece invisible otra geografía: la de aquello que allí sentimos, padecimos, soñamos y juramos superar. Estas fotografías no pretenden reconstruir literalmente el Piendamó de los años setenta; son puertas contemporáneas hacia la memoria de aquel pueblo y hacia la infancia que allí
quedó sembrada.

IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO

La iglesia era mucho más que una construcción levantada en medio del pueblo. En un mundo donde tantas cosas eran inciertas, allí existía una puerta hacia lo invisible. Entre campanas, imágenes, oraciones y silencios comenzó a formarse una espiritualidad que años después comprendería como una de las grandes herencias de mi infancia. La pobreza podía estrechar las paredes de una casa.
Pero la fe tenía la extraña capacidad de ensanchar el mundo.

ESCUELA CAMILO TORRES

Aquí también comenzó la batalla por aprender. Los salones, los cuadernos, los compañeros y las reglas pertenecían a otro universo distinto del de la casa. En la escuela uno podía imaginar, aunque fuera por unas horas, que el futuro no estaba completamente escrito. Era también el territorio de Doña Stella defendiendo a sus cachorros. Porque cuando se trataba de sus hijos, aquella mujer aparentemente frágil encontraba una fuerza que ninguna autoridad podía medir. Había momentos en que las reglas se silenciaban y solamente quedaba una madre defendiendo a los suyos.

LA SEGUNDA CASA

Aquí también comenzó la batalla por aprender. Los salones, los cuadernos, los compañeros y las reglas pertenecían a otro universo distinto del de la casa. En la escuela uno podía imaginar, aunque fuera por unas horas, que el futuro no estaba completamente escrito. Era también el territorio de Doña Stella defendiendo a sus cachorros. Porque cuando se trataba de sus hijos, aquella mujer aparentemente frágil encontraba una fuerza que ninguna autoridad podía medir. Había momentos en que las reglas se silenciaban y solamente quedaba una madre defendiendo a los suyos.

LA ESTACIÓN DEL TRANSPORTE

Aquí la supervivencia tenía horarios. Llegaban los buses y con ellos la posibilidad de vender. Empanadas. Arepas. Pan de queso. Periódicos. Había que correr, ofrecer, insistir, calcular y regresar con algo para la casa. Éramos niños, pero la necesidad no siempre pregunta la edad antes de entregar responsabilidades. Aquella estación fue también nuestra pequeña escuela de economía. Allí entendimos demasiado temprano que unas monedas podían significar comida.

LA CALLE PRINCIPAL DE PIENDAMÓ

Esta calle fue una de las grandes arterias de nuestra infancia. Por ella circulaba el pueblo, pero también circulaban nuestros sueños y nuestras necesidades. Aquí los guerreros vendían las empanadas, el pan de queso, los periódicos y cualquier cosa que ayudara a sobrevivir. A veces parecía que vendíamos hasta el alma. Pero había algo que nunca estaba en venta: la dignidad.

DONDE LOS GUERREROS APRENDIERON A GUERREAR LA EXISTENCIA

Las calles enseñaron aquello que ningún libro escolar podía explicar. Cómo levantarse. Cómo negociar. Cómo reconocer el hambre en los ojos de otro. Cómo reír cuando aparentemente no había razones. Cómo regresar a casa después de una derrota y comenzar nuevamente al día siguiente. Aquí los guerreros no llevaban armas. Llevaban bolsas, bandejas, periódicos, encargos y sueños. Y aprendieron a guerrear la existencia.

EL MATADERO DE PIENDAMÓ

Hay lugares que la memoria conserva por su belleza. Y hay otros que conserva porque alguna vez nos produjeron terror. El matadero pertenece a estos últimos. Aquí recogíamos sangre para preparar los pericos. Para un niño, aquella experiencia tenía algo brutal, incomprensible y definitivo.

Recuerdo regresar y pedirle a mi madre que jamás volviera a enviarme allí. Mi sentencia infantil fue contundente: “Sobre mi cadáver.” Hoy puedo sonreír ante la contundencia de aquella frase. Pero detrás del humor permanece intacto el miedo del niño que la pronunció.

EL PUENTE DEL RÍO TUNÍA

Todo pueblo tiene lugares donde la memoria mezcla acontecimientos hasta convertirlos en leyenda familiar. Este puente conduce a uno de ellos. El charco. El famoso sancocho. La mosca que decidió participar también del almuerzo. La tía innombrable. Y finalmente aquel regreso que terminó convertido en uno de los grandes sustos de nuestra historia. En la infancia, la distancia entre una aventura y una tragedia puede ser apenas un instante. Años después, sobrevivir permite contarla. Y algunas veces, incluso reírse.

EL PIENDAMÓ DE LOS AÑOS SETENTA

Mi Piendamó de los años setenta tenía polvo, lluvia, montañas, calles transitadas y vidas que se construían con muy poco. No quiero embellecer la pobreza. La pobreza duele. Limita. Humilla muchas veces. Obliga a los niños a comprender demasiado pronto ciertas verdades del mundo. Pero sería igualmente injusto recordar aquella época únicamente desde la tristeza. Porque allí también hubo humor. Hubo vecinos. Hubo animales. Hubo amigos. Hubo aventuras imposibles. Hubo imaginación. Hubo fe. Y hubo una mujer llamada Doña Stella, capaz de tomar la escasez entre sus manos y convertirla, de alguna manera, en hogar.

EL NIÑO Y EL AGUJERO

En estas calles comenzó a formarse el niño que muchos años después escribiría esta historia. No sé exactamente cuándo nació el juramento. Tal vez ocurrió caminando alguna de estas calles. Tal vez ocurrió después de sentir hambre. Tal vez después de alguna humillación. Tal vez simplemente nació lentamente, como nacen las decisiones que terminan cambiando una vida. Pero un día aquel niño comprendió: “Yo tengo que salir de aquí.” Muchos años después también comprendería algo más importante. Salir no significaba negar Piendamó. No significaba avergonzarse de su origen. No significaba destruir el camino recorrido. Salir significaba poder regresar sin que el agujero volviera a tragárselo.

EPÍLOGO

Hoy observo estas fotografías y ya no veo solamente edificios, carreteras o puentes. Veo voces. Veo pasos. Veo vendedores. Veo hermanos. Veo a Doña Stella. Y veo a un niño corriendo por algún lugar de Piendamó sin imaginar que décadas después regresaría a buscar aquellas calles para convertirlas en literatura.
El tiempo transformó muchas cosas. Pero hay geografías que permanecen intactas porque no existen solamente sobre la tierra. Existen dentro de nosotros. Y quizás esa sea una de las verdades más profundas de El niño que juró salir del agujero: uno puede marcharse del lugar donde sufrió sin arrancarlo de su historia.

Porque algunas veces regresar no significa retroceder. Significa comprender. Significa reconciliarse. Significa agradecer. Y finalmente, significa recordar sin volver a caer.
— Juan Carlos Mazuera

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